
Ni los barbudos musulmanes ni los amigos hebreos aprueban el consumo de cerdo, considerando a golpe de Escritura Sagrada que se trata de un animal maligno e impuro que se revuelca impunemente en sus propias heces. ¡Qué sucio! Pero algunos antropólogos como Marvin Harris, famoso por su libro "Vacas, cerdos, guerras y brujas", opinan que la prohibición sacrosanta se debe a un motivo más bien terrenal: el marrano es un animal que se alimentaba de bellotas por esos tiempos y por tanto más afincado al bosque puro y duro antes que al cálido desierto oriental. También podría ser un tipo de tabú cultural, así como algunas tribus africanas se tatuan el banano o creen que sus mujeres son más atractivas si se incrustan una ferretería de pulseras en el cuello para alargarlo artificialmente; todo un mecanismo de identificación que también ha sido observado en algunos primates. Antes comenté que los religiosos de Oriente Próximo desprecian las cualidades porcinas por una supuesta "falta de higiene", sin embargo los guarrapos son la élite limpia de la granja porque se autodesparasitan con sus baños de barro, ¡logran pasar de primera pezuña el test del algodón! No son así las viles gallináceas que pisotean sus excrementos espumosos una y otra vez.
Pero, ¿no es adorable una criatura de tal calibre? Esas orejas grandilocuentes y pizpiretas bien podrían señalarnos su naturaleza nerviosa e histriónica cuando están estresados (y aparecen sus famosos "chillidos" imposibles de poner en onomatopeya alguna pero que el actor Torbe supo interpretar en Torrente). Un rápido vistazo a sus ojos semihumanos nos hablarán de la semejanza orgánica entre gorrinos y personas que permite salvar muchas vidas de nuestra especie usando riñones, corazones o hígados de lo más selecto de la piara. Y es que, parafraseando al biólogo británico Richard Dawkins, "somos unos genes egoístas". Las abejas se sacrifican ante un ataque enemigo para salvar los genes de la reina o también diríamos que Su Majestad se salva a sí misma (pues sus hijas comparten la misma genética) para seguir poniendo huevos y lamiendo la jalea real. Nosotros, que también somos muy colmeneros en nuestras cobijantes ciudades, perpretamos matanzas de cochinos en Navidad dignas de la más retorcida película gore, ya que toda víscera se aprovecha y posiblemente pase por nuestra manteleada mesa en forma de chorizo o salchichón.
Según los expertos, el Homo sapiens sapiens se extendió por todo el globo siguiendo las manadas de mamuts y renos, ya que éramos nómadas como los bereberes. Lo que olvidan a ratos esos sabios es que también cazábamos los jabalíes, los chanchos salvajes en el monte profundo, el Mato Grosso de la época, y no los domesticamos hasta hace diez mil años atrás, cuando la última glaciación de cien mil años desapareció, los mastodontes pasaron a los libros de hist...bueno, todavía era la Prehistoria. Y los renos huyeron al norte frío.
Tengo la firme convicción de que en el proceso, cerdos y hombres aprendimos a convivir pacíficamente. Nos dimos cuenta de cosas tan apasionantes como el milagroso orgasmo de treinta minutos del puerco. ¿Será entonces cuando iniciamos la siniestra comilona a por envidia? Cuenta la leyenda que había tanta hambre que el tonto del pueblo se alimentó de una pata de tocino viva y así nació el jamón; otros ponen a su inventor como El Cid, o Caín, el Caín de los Campos de Castilla de Machado. Me gusta pensar que los GEO de los cerdos, los de pata negra, cebados a bellota meseteña, tradicional, todavía tienen mucho futuro a pesar de la gripe porcina (que, aliada a la gripe aviar, da a entender que ahora sí "los cerdos vuelan").