Algunos de los bichos más “avanzados” (entre comillas porque una bacteria también es avanzadísima), los himenópteros (hormigas y abejas) y las termitas construyen su propio hábitat, llámese colmena, avispero, termitero u hormiguero (como el famoso programa de La Sexta que recomendamos desde aquí). Del mismo modo no sería correcto hablar de una sociedad insectoide igualitaria cuando existen diversas castas (aunque aquí los humanos nos parecemos: en la Edad Media tuvimos, por ejemplo, estamentos privilegiados y no privilegiados; el hinduísmo…) con unos pocos caracteres genéticos distintos que provocan tal o cual comportamiento. Esto lo apreciamos en todo su esplendor en las hormigas soldado, de mandíbulas fuertes y pasión agresiva, ¡y ya no digamos nada de las termitas combatientes que son capaces de lanzar ácido! En la película de animación “Antz” (Hormigaz, 1998) podemos ser espectadores de un ataque despiadado por parte de fuerzas mirmidonas (mirmidón es hormiga en griego y también el nombre que recibían los súbditos de Aquiles) a una colosal madriguera de termitas gigantes y sanguinarias.
Hay que entender que nos estamos moviendo a unas escalas diminutas al estilo de la película de toda la familia “Cariño, he reducido a los niños”: un globo de agua arrojado por un chico rudo a nuestro nido puede significar la muerte por arma de destrucción masiva de millones de hermanitas nuestras. Sí, hermanitas en su sentido más literal: toda la casta obrera de los insectos sociales no sólo está unida por lazos fraternos genéticos sino también, lógicamente, compartenla misma madre, la Reina (y los creadores de la saga Alien plagiaron esa maravilla de la naturaleza). Y esa es la madre del cordero nos diría el biólogo británico Richard Dawkins citando a su obra magna “El gen egoísta”. Resulta que, como nosotros, estos bicharracos pequeños tienen la mala costumbre de enfrascarse en guerras tremendas que serían la envidia de Aníbal; emboscadas, trampas, chorros de líquido corrosivo, un escuadrón de abejas suicidas dispuestas a desprenderse valerosamente de su aguijón y con él parte de su abdomen para salvar a la monarquía melífera. Pero en realidad, corriendo un túpido velo a esas supuestas semejanzas antropomórficas con el altruismo humano nos damos cuenta de la realidad: es un comportamiento profundamente egoísta. ¡Están matándose por defender su propia carga genética (la de su madre, ante todo)! La jerarquización y especialización lleva a la existencia de hormigas obreras que cargan las larvas, hormigas obreras cazadoras de alimento, abejas exploradoras de flores que “danzan” señalando el camino a seguir a las demás, etc. Todo un mecanismo bien engrasado.
Ahora cuando juegues en el jardín…piensa qué tragedia provocas cuando pises la casa de las hormiguitas.




