En una ocasión tuve la oportunidad de asistir a una conferencia en mi antiguo instituto dictada por unos aventureros que habían ido a la Antártida para llevar a cabo el noble arte de la investigación. Y en este punto el amable lector preguntará: ¿qué investigan? ¿Todo? ¿Algo? ¿Nada? ¡¿Hielo?! No amigos, aunque parezca cosa de sortilegio las gélidas aguas oscuras de los parajes que alcanzan los 60 grados centígrados bajo cero están repletas de krill. ¿Y eso qué es?
Llamamos (a veces) comúmente krill a los bichitos pequeñuelos que flotan en las catacumbas marítimas a la deriva, que pueden ser de zooplancton o fitoplanton: los primeros se comen a los segundos, que a su vez se alimentan del sol. No se comen al astro rey, sólo se aprovechan de él parasitándolo como el ser humano en la playa los veranitos. Estos señores me dijeron con severidad que dichos seres podrían despojar al mundo del hambre por su enorme aporte nutritivo, y también que todo sería mejor en el futuro. Cierto o no, los abisales fondos helados de la Antártida, ese paraíso de los pingüinos donde no existen los osos polares, seguirán deparando muchas alegría o infortunios. Aquí va una muestra de monstruos de las profundidades parecidos a lucecitas de Navidad, cortesía de National Geographic.











