Quien le quita un pelo a un gato, no le hace ningún maltrato.
Dicho anónimo.

Exactamente lo propio perpetramos con nuestros ancestrales amigos los lobos, que después de aullar a la Luna e intentar mordernos y avisarnos a ladridos desgañitados sobre la presencia de mamuts o tigres dientes de sable en las heladas estepas cuaternarias, eran acariciados por nuestras encallecidas manos prehistóricas. Entonces, pensamos: ¿por qué no hacer un perrito a medida, así como tallamos los sílex para que sean mondadientes o hachas de pelea? Y de este modo creamos esa gran variedad de razas de caninos que se representan en nuestros cuadros jugando al póker. El gato persa, casi primo hermano del angareño, es una bola de pelo que maulla mientras reboza de inactividad. Es tan tranquilo que suele quedarse dormido mientras lo elogias por ser tan bonito. Fruto del Romanticismo exótico de los convulsos tiempos del siglo XIX, cuando se veía a Turquía, Irán y Persia en general como un ambiente orientalista, caluroso y atractivo, de gongs y turbantes y esas cosas, esta criatura es apacible, adorable y muy buena mascota, pero tienes que darle un cepillado diario. La ternura aquí es corporeidad suave y sedosa, pero llenarás tu casa de bolas gigantes de pelo, así que piensa bien si quieres convertir tu querido hogar en un plató de rodaje de películas del oeste, con arbustos capilares rodantes. Cuídalo mucho y trátalo como si fuera una reencarnación de Luis XVI.





