
"Cuando se revuelve el agua, cualquier ajolote es bagre."
Dicho mexicano.
En la actualidad, además de ser revivido el término "mito" (en realidad siempre estuvo ahí) por obra y gracia de cierto parque temático y también escándalo, podría reconocer que se nos presentan algunos relatos como el Mito de la Caverna de Platón (marca registrada), tan clarificadores y luminosos que si nuestra bonita pretensión fuera enseñar o desvelar alguna verdad nos viene que ni pintado; o por el contrario como el oscurantista Mito de Babel que recopila las páginas amarillentas del Antiguo Testamento con los bemoles bien puestos para que imaginemos que porque unos mozos erigieran una pirámide de moda mesopotámica a lo Empire State del siglo tres mil antes de Cristo los lenguajes serían diferentes. Y todo ello a pesar de que servidor se declare un admirador de los rascacielos, que apuntan con la aguja de la Razón a las nubes.
Pero en la América Prehispánica, hablando con la precisión de un reloj suizo: en el Imperio azteca (de las leyendas interminables de soles y el calendario de piedra, y las extracciones de corazones con otra piedra: la obsidiana) se entretejían miríadas de relatos sobre fundaciones ancentrales de ciudades perdidas y hombres de maíz.
A primera vista, este engendro mitad rana mitad serpiente se nos antojaría una curiosidad que Marco Polo llamaría "maravilla" y además le adjudicaría veinte patas más. Pero el ajolote (que viene del azteca náhuatl axolotl, "monstruo acuático") esconde por añadidura (o no la esconde demasiado, porque está pululando por la red) una leyenda que haría enrojecer a la que referimos sobre el Xoloitzcuintle, ya que es bastante más oscura y mortífera (si es posible). Resulta que, de nuevo, el dios Xólotl, esa oveja negra horrenda y lovecraftiana y hermano del emplumado galán Quezalcóatl que siempre está metido en mil cuestiones, fue perseguido implacablemente por un verdugo por todo México (como Speedy González) por su temor a que lo sacrificaran (¿puede morir? ¿a qué dios lo sacrificarían?), convirtiéndose con sus poderes étnico-mágicos en distintas plantas autóctonas hasta que al final tuvo que saltar al agua (patos). Y como en una película de Steven Seagal, al transformarse en el sagrado ajolote (su personificación acuática) fue arponeado y aniquilado con mucha mala uva en el momento culmen.

Los ajolotes, populares entre los lagos cercanos a la Ciudad de México (que por desgracia están cada vez más contaminados por la gargantuesca urbe), son de los pocos especímenes de anfibios ("ambas vidas", acuática-terrestre) con cola que hay. Recordemos que las ranas, entre ellas la rana Gustavo, paradigma de los batracios, no tienen cola de ningún tipo así que no podemos saber si están felices o contentas. Pero aunque el ajolote sí disponga de ella no suele demostrar su felicidad, pues son muy vagos y aburridos, como señaló el escritor Cortázar. A la medida de una mariposa submarina con cara de salamandra, este bichito muta cual piedra filosofal de vez en cuando, pasando de un estado larval a otro adulto pero conservando ciertas estructuras propias, sin despojarse de todo en plan crisálida.
Así, mostrando orgulloso sus branquias prominentes arcaicas, el monstruo de las aguas también es la envidia de la inmunología: casi invulnerable a cualquier enfermedad y encima con capacidad de regeneración o transplante bastante efectivo, esta criatura puede llegar fácilmente a los 25 años, atiborrándolo a gammarus, los camarones de las tortuguitas de agua, lombrices, pececitos malvados, y comida para acuarios superficial, que flote, no quieras que se coma las piedras cual excavadora. Los ajolotes, por cierto, pueden hacer de monjes tibetanos ayunando lo que haga falta un tiempo prudencial en un curioso ramadán anfibio que les salvaría de cualquier crisis económica.
El estrés es un factor crucial en la vida de nuestro posible compañero de pecera. Si te gusta la música a todo volumen y la caña brava es posible que tu amiguito de las aguas turbias no cambie de larva a adulto porque estaría de los nervios. En general cualquier ruido fastidioso lo enerva y hasta le puede provocar la muerte por sobredosis, sé prudente como diría Confucio. Regúlale todo lo posible las condiciones de vida para que sean acogedoras y deliciosas, no lo maltrates ni le lances piedras, pues no es recomendable. Aquí proporcionamos, como siempre, un vídeo para que veamos todos juntos a este animal tan enigmático en movimiento:
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